El botín de los usureros

por Pablo Lotta


Imagen del Fifa gate

Foto: Fabrice Coffrini / AFP


Tanto en la vida como en el fútbol, hay una feroz tendencia a denigrar los valores humanos y exacerbar los réditos económicos. Hoy el fútbol sufre escasez de juego porque el negocio necesita abundancia de resultados.

La bestia mercantilista poza sus garras sobre todo lo que le resulta apetecible. Los estadios se convierten en una muestra de arte “pop-consumista”. Las marcas, los auspiciantes y los patrocinadores obtienen mejores planos que una jugada. Carteles publicitarios y publicidades de dos patas que corren detrás de la pelota, un producto con relucientes etiquetas y dudoso contenido. La insaciable voracidad comercial está obstinada en convertir al fútbol en mercancía y al hincha en un consumidor compulsivo de partiditos, torneitos y cotillón.

Lobos camuflados entre el rebaño de la pasión y lobbistas disfrazados de periodistas que esconden la mugre de los negociados. Dirigentes que dirigen a los clubes hacia la bancarrota. Confederaciones y federaciones que confiesan su amor por las corporaciones. Políticos que limpian su imagen y banqueros que lavan dinero. Mercenarios que alientan por plata. Todos se agazapan alrededor del poder y los beneficios que le ofrece el balón. Para ellos, el escudo, la camiseta, la identidad cultural de los clubes, tienen el color y el sabor del dinero. Ligas y superpoderosos, superligas y portaligas financiero para sostener las regalías de los usureros.

Desde que el negocio se hizo más imprescindible que el fútbol, el juego se convirtió en trabajo. Al futbolista profesional se le paga para obedecer calladito y sin chistar. Rodeado de contratos y falsas sonrisas, la industria le pone precio. Lo visten, lo peinan, lo muestran, lo callan, lo exhiben como un modelo o como un trofeo; lo usan y él se presta al juego a cambio de acrecentar su cuenta bancaria. De pobre a millonario, de raspar la olla a sommelier de gustos obscenos. Del barrio al vip, de jugar en el potrero a gambetear al fisco.

Patrones sin domicilio, antojos de niño rico, cuentos chinos y algún Alí Babá con más de cuarenta ladrones. Inversiones turbias y transacciones sospechosas, los malandras de traje legalizan la desigualdad para fortalecer al rico y debilitar al pobre.
Aunque cueste aceptarlo, el fútbol viene jodido hace rato. Entre protagonistas domesticados, hinchas anestesiados que permiten cualquier atropello, y la codicia furiosa de la bestia mercantilista… el fútbol queda desamparado, lamiéndose las heridas de tanta hipocresía.