Hace mucho tiempo, tanto tiempo que en aquellos años las personas tenían tiempo, los partidos se “miraban” por radio. A través de la maestría y el ingenio de los cronistas se sentía lo que no se podía observar.
Sin restricciones de distancia ni horario, la radio era ese tren que transportaba la ilusión del hincha a cualquier estación. La llegada de los futbolistas al estadio, las formaciones de los equipos, las novedades desde el vestuario… Esas voces, eran capaces de retratar con palabras las sensaciones que se respiraban en la cancha, contar pequeñas historias llenas de sentimientos y dibujar jugadas en la cabeza de los oyentes.
La radio irradiaba un hechizo casi hipnótico, una magia que iba más allá de lo auditivo. El hincha podía palpar las asperezas del cemento, ver las sombras que cubrían el césped y compartir el aire de un lugar que jamás visitó y que, sin embargo, le era tan propio.
La radio eran los ojos del hincha. Estaban esos fieles que clavaban la mirada en aquel aparato, como si por las rendijas de los parlantes pudieran espiar lo que sucedía. También había quienes sufrían una especie de síndrome de egoísmo auditivo y se pegaban la radio a la oreja. Y otros que, sin importarles mucho el entorno, eran capaces de despabilar al vecindario con el volumen de un partido. Aquellas transmisiones eran la banda sonora de los domingos, la canción que entonaban los más chicos cuando hacían un gol en el patio de la escuela y la melodía que acompañaba a los sueños de potrero.
Era una época en que el FÚTBOL no estaba sometido a la tiranía de las grandes corporaciones televisivas. La televisión tenía escasa influencia; se emitía algún que otro partido, un puñado de goles y no mucho más que eso. Internet, la conectividad, la digitalización, muy propios de nuestros días, sólo era imaginable en la mente “afiebrada” de algún guionista de una serie de ciencia ficción… Ahí andaba, entre pantallas y computadoras, el señor Spock viajando en la Enterprise por las estrellas.
El tiempo pasa… como cantaba el gran Milanés. Hoy la televisión manda y las imágenes tienen más poder que la imaginación. Sin embargo, la radio sigue siendo ese sonido de esperanza para aquellos hinchas que no pueden detener su andar y tampoco desentenderse de su pasión. Extrañas paradojas de la evolución y la involución del mundo: hoy desde cualquier punto del mapa se pueden ver los partidos aunque en ocasiones nos hacen doler los ojos.
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