Ojos de pantalla

por Pablo Lotta


Imagen de hinchas

Foto: Ronny Hartmann / AFP


Estamos asistiendo al funeral del hincha genuino, para dar paso a un aficionado con ojos de pantalla. Un “hincha” con más tecnología que folklore.

Es innegable que en las últimas décadas, el avance de las comunicaciones y las nuevas tecnologías imponen una nueva forma de relacionarnos y de ver las cosas. Por efecto y por defecto, con lo bueno y lo malo, internet se ha convertido en un apéndice del mundo contemporáneo, y con ella, la humanidad es capaz de crear maravillosos puentes y perturbadores abismos.

Todos enredados en la misma red. Aliento virtual y desapego real. Anónimos que desde la irreverencia y la arrogancia imponen su influencia. Informaciones que desinforman y mentiras que se propagan como verdades. Grotescos televisados que tienen la bendición incomprensible de una audiencia que les otorga resonancia y ganancias. Protagonistas que se esconden en la cancha, pero que publican sus intimidades en las redes sociales. Fanatismos bipolares, goles que se hacen en el epicentro del poder y que se festejan en cualquier suburbio del mundo. Simpatizantes nativos disfrazados de extranjeros y la identidad que sufre una siniestra intoxicación cultural. La conectividad nos acerca a lo distante y nos aleja de nuestras raíces.

El fútbol se llenó de impostores que desnaturalizan la verdadera esencia del hincha. Mirada histérica y teclado en mano para opinar de un partido que miran, pero no ven. Moral digital que condena y desprecia tanto lo propio, como al rival. Biógrafos precoces que ponen a las figuritas de moda por encima de las verdaderas leyendas, que están convencidos que un tal Mark Zuckerberg inventó la pelota. Los cínicos dicen y los desprevenidos repiten, la esquizofrenia popular se uniforma detrás de un hashtag. El odio y la insolencia tienen más suscriptores que el afecto y el respeto.

Lejos en el tiempo, parece haber quedado aquella liturgia dominguera a donde la pasión nos invitaba a reivindicar la pertenencia, la lealtad a los colores, honrar el presente y respetar el pasado. Los adelantos nos impulsan a dejar en orsai las tradiciones y las emociones legítimas; el verdadero hincha se refugia en su alma memoriosa para resistir el ocaso, mientras los farsantes se atrincheran en la realidad virtual para viralizar su ignorancia.

El futbol transita por una época de indiferencia infame e insensibilidad escalofriante, donde daría la sensación que los sentimientos caminan a la sombra del olvido… y la frivolidad se impone a la velocidad de la luz.